martes, 30 de julio de 2013

Un "para siempre" que ahora sólo es una promesa rota.

Siempre fui tan imbécil de estar a su lado en todo momento, cuando ella únicamente aparecía cuando le interesaba. La gente me lo decía, decía que ella sólo me utilizaba y me volvía a tirar como quien tira un papel a una papelera. Pero no quise hacer caso, no quise creerme nada, porque nunca me ha gustado creer en habladurías; hasta que el tiempo me demostró que era yo quien estaba equivocada. 

Me duele, pues a pesar de todo no quiero acabar con esta amistad que tantos buenos momentos me regaló. Duele verle aparentar que me odia, cuando un día fingió afirmar que me quería, prometiendo que aquella amistad duraría para siempre. Duele verla por la calle, saludarla, y que ella agache la cabeza. No sé lo que ha cambiado, ni quién ha cambiado, ni por qué ya nada es lo mismo. Lo que sé es que, de repente, somos como desconocidas que se conocen muy bien. También sé que yo siempre seré la misma tonta que estará aquí cuando haga falta. No me está gustando nada esta situación. 

Después de tantos años, todo se ha convertido en recuerdos, y nada volverá a ser como antes. ¿Será que todo lo viejo se acaba rompiendo con el paso del tiempo? "La próxima vez saludas al tato, maja". Eso me dijo cuando la encontré por la calle, le sonreí y le levanté la mano, pensando que aún, por lo menos, éramos compañeras. Me ha quedado claro que yo no le importo, y dudo que alguna vez le haya importado. Pero ella sí me importa, desde el primer momento le dí importancia, porque siempre he sido una imbécil que le coge cariño y ayuda a las personas a las que yo no les importo lo más mínimo. 

He llegado a sentirme tan sola y lo he pasado tan mal, que no quiero que nadie se sienta así, por eso siempre he estado dispuesta a ayudar a todo el mundo, y por eso seguiré estando ahí para ayudarla a ella. Fueron tantos los momentos... Y todo se ha ido a la mierda en un abrir y cerrar de ojos. Supongo que yo para ella sólo era y soy una friki. He visto que sólo me quería para reírse, no conmigo, sino de mí. Pero esta friki ya no volverá a molestarla, pues eso es lo que siempre fui: una molestia que ella sólo buscaba en los peores momentos, cuando no tenía a nadie más. 

Los puñales por la espalda, duelen, pero el dolor disminuye a medida que transcurre el tiempo. Los que se clavan y dejan una herida tan grande y profunda, que ni siquiera las vueltas del reloj son capaces de curar, son los que duelen para siempre. Y siempre me dolerá verla tan lejos, recordando continuamente sus puñaladas traperas, las cuales siempre perdoné una y otra vez, creyendo que yo significaba lo mismo para ella, que ella para mí. En fin... A pesar de todo, le deseo lo mejor. Siempre será "Mi Vane", mi mejor amiga. Y siempre lloraré al recordar todo esto, aunque he aprendido que nada es para siempre, ni siquiera las amistades más fuertes.

jueves, 25 de julio de 2013

[Des]motivación.

He estado bastantes días sin escribir, no por falta de tiempo, sino de motivación. Ya son varias personas las que han venido a decirme que no alcanzaré mi sueño, porque no me estoy esforzando lo suficiente. Y todo porque, hace algún tiempo, me preguntaron "¿A cuántos concursos de escritura te has presentado en tu vida?". Yo respondí "A tres". Por lo visto, a todo el mundo le pareció poca la cantidad. Dije que no había ganado ninguno, y me dijeron que era porque mis historias las hago sin pensar. Eso me dolió, pues siempre he puesto el alma en cada una de mis historias, me he roto la cabeza, intentando escribir de la mejor manera posible. Y vienen a decirme que escribo sin pensar, cuando ellos hablan sin saber. Ya estoy un poco harta, no sé exactamente de qué, ni de quiénes, pero es así como me siento. Me hacen daño, se dan cuenta, y continúan hiriendo. ¿Tan divertido es? Me canso de escuchar siempre la misma mierda. No saben nada de mis sueños, ni del esfuerzo que pongo para alcanzarlos, ni de mí. La escritura, más que uno de mis sueños, es mi manera de vivir. Las letras son como mi oxígeno, y si no escribo, me asfixio. Nadie lo entiende, tal vez nadie me entienda a mí. Llevo escribiendo desde los diez años, porque desde edad siento que sólo las hojas en blanco pueden entenderme. ¿Por qué muchos se empeñan en alejarme de la escritura, diciéndome tonterías? No lo entiendo. Lo peor es que siempre soy yo la que acaba comiéndose la cabeza, bebiéndose las lágrimas, pensando que tal vez tengan razón y yo no me dé cuenta. No sé quién tiene la razón, pero, por favor, dejadme seguir luchando por esto, que ya no sé ni lo que es. Dejadme escribir, aunque "escriba sin pensar". ¿Cuándo entenderán que no es una afición, sino una necesidad? Nada va a lograr alejarme de las letras, prácticamente he crecido junto a ellas. Podrán herirme, pero no derrumbarme. Y si me derrumban, no me quedaré en el suelo.

martes, 9 de julio de 2013

Aferrarse al pasado, sabiendo que no volverá.

Duele mirar atrás, pero duele más mirar hacia delante y ver que lo de atrás era mejor. ¿Y qué hacer cuando, mire hacia donde mire, siempre encuentro dolor? Es cierto que he dejado mucho atrás, muchísimos buenos momentos imposibles de superar, imposibles de repetir. Se han ido personas muy grandes, personas que jamás podré reemplazar. Y duele mirar hacia delante y verlo todo vacío, oscuro, y tan frío como el propio invierno. Sí, tal vez me quede mucho por vivir, pero siento miedo de levantar la cabeza y no ver luz al final del túnel; tengo miedo de notar el sol ausente, de perderme entre tanta gente, de no tener a nadie más que no sea la soledad. Noto todo tan raro, que hasta yo me siento extraña conmigo misma. No sé lo que ha cambiado, no sé si es que yo quedé anclada en el pasado, o son los recuerdos los que en mí se han clavado como puñales afilados. Lo que sé es que nada es igual y, cuanto más deseo mirar únicamente hacia delante, más me aferro al pasado. Sé que, ayer, las vueltas del reloj fueron mejores; pero lo fueron por el simple hecho de que no estoy moviendo ni un dedo para que las de hoy mejoren. No sé lo que pasó, pero sé que desde que pasó, nada ha vuelto a ser lo mismo. Siento que, aunque lo intente mil millones de veces, no lograré que todo lo que hoy es nada, sea todo lo que fue antes. Y si ni siquiera lo he intentado, ¿por qué estoy convencida de que saldrá mal? Es una sensación tan rara... Es como querer gritar sintiendo que no me queda voz; como querer luchar sin fuerza, como querer ganar una batalla sintiéndome perdedora antes de comenzarla, como querer hacer fuego donde no quedan más que cenizas. Dicen que hay que mirar siempre hacia delante, como si fuera tan fácil resistirse a dar media vuelta y mirar hacia atrás. Es difícil seguir andando, sabiendo lo mucho que se deja en el camino, al andar. No quiero vivir de recuerdos, quiero recordar lo que he vivido. No sé lo que vendrá, sé lo que ha venido y precisamente es eso lo que me da miedo: lo que está por venir, sintiendo que lo feliz que un día vino, ya no volverá. Me da miedo el mañana, porque ayer no me dio miedo el hoy y, viendo lo que veo, sí debería haberme asustado. Aunque, después de todo, supongo que la mejor manera de sobrevivir, es viviendo. Y para vivir, hacia delante he de seguir. Tal vez no esté tan mal mirar, de vez en cuando, hacia detrás; lo que sí está mal es vivir continuamente en un pasado que nunca volverá. La conclusión es que no se puede vivir de recuerdos, pero sí se puede recordar lo vivido.

Para los que están aquí, o algún día estuvieron.

Si en algún momento sabes que me has sacado una sonrisa, has estado a mi lado siempre que te he necesitado, me has apoyado, defendido, y/o ayudado, continúa leyendo, esto va para ti y para las personas como tú:

No sé si yo importo a muchas o a pocas personas, ni siquiera sé exactamente a quién importo; pero hoy quiero escribir para los que sienten y me hacen sentir que yo ocupo un lugar, ya sea pequeño o grande, en algún rincón de sus corazones. Quiero agradecer a todos los que han estado a mi lado, a los que un día estuvieron y a los que aún continúan aquí. Gracias, no solamente a los que me han hecho sonreír cada día, sino también a los que me hicieron sonreír, al menos, una vez.

Aprecio a toda persona que me ha dibujado una sonrisa; a las que me hacen sonreír, no únicamente en las buenas, sino también en las malas. Gracias a los que me han ayudado a crecer como persona, a los que me han hecho aprender, a los que me han ofrecido su mano cuando me han visto caer, a los que se han acercado a mí cuando vieron que no estaba bien, a los que pusieron su hombro y me hicieron sonreír mientras lloraba, a los que me han secado las lágrimas... Gracias.

Si te sientes identificado con alguna de mis palabras, si sabes con certeza que un día estuviste aquí, o que todavía no te has ido; si sabes que tú eres una de las personas a las que les he dado las gracias, entérate también de que eres alguien enormemente grande para mí.

La vida no es fácil, pero es mucho más complicada cuando no se tiene a nadie. Y yo he tenido la suerte de tener siempre a gente a mi lado. Sean pocas o sean muchas las personas a las que yo les importe, para mí son suficientes; porque, gracias a ellas, sé que, cada vez que caiga, no careceré de manos para volver a levantar. Pienso que así, las caídas no dolerán, o dolerán mucho menos.

También quiero decir que, para todos los que estuvieron y están aquí, yo estoy y estaré siempre aquí. Y, a veces, sin saber por qué, también estoy para los que nunca han estado; pero tal vez tampoco esté tan mal ayudar a los que nunca me han ayudado a mí. Ayudar, sea a la persona que sea, me hace sentir bien.

En resumen, vuelvo a dar las gracias a todos ustedes, a los que permiten que yo ocupe algún lugar ahí adentro. Significan mucho en mí, ni se imaginan cuánto. Les debo una infinidad de sonrisas, la misma cantidad que me han sacado ustedes a mí. Una vez más, y para terminar, muchísimas gracias.

jueves, 27 de junio de 2013

Cinco minutos.

Vuelvo a tropezar con la luna llena. Me sonríe, pero el cielo está tan oscuro que se me hace imposible sonreírle. Le pregunto dónde estás, y me tapo los oídos, no quiero escucharla. Sé que te has ido y ya no regresarás, pero quiero imaginarme que aún sigues aquí, tan cerca como siempre estuviste. Cariño, la vida es mucho más fácil cuando uno inventa su propia realidad, y yo he inventado que aún permaneces aquí, nunca te irás.

Observo las estrellas, buscando la más reluciente para ponerle tu nombre, pero nada reluce teniéndote tan distante. Un nudo se forma en mi garganta. Unas lágrimas que desean abrazarte, se deslizan sobre mi cara, formando un río de recuerdos que nunca fueron verdad. Recuerdos que, realmente, no son más que momentos los cuales siempre quise vivir a tu lado.

Dicen que todo lo que sucede, sucede por alguna razón. ¿Qué razón explica tu partida? Todo esto que siento es tan extraño, tan profundo... Nunca te conocí, pero créeme cuando te digo que te extraño. Te siento cerca, siento que me sonríes y me miras con tus pupilas azules, tan azules como el cielo, tan alegres como la vida cuando tú estabas aquí.

Por dentro reviento al saber que nunca podré hacer realidad el momento de encontrarnos, abrazarnos, darte un beso en la mejilla, sentarme a tu lado, contarte quién soy, y escuchar quién eres. La sangre nos une, pero la vida nos separa. ¿Dónde estás, que te siento, pero no alcanzo a verte?

Luna, regálame cinco minutos a su lado, sólo cinco. Cinco minutos en los que nos dé tiempo a conocernos, en los que a él le dé tiempo de contarme sus aventuras por el mar, y a mí me dé tiempo de escucharlas. Cinco minutos en los que podamos verte desde el mismo lugar. Regálame cinco minutos de tu noche, o róbale al sol cinco minutos de su día. Con esos cinco minutos podrás hacerme feliz para toda la vida, aunque en la vida él ya no esté.

Y, poco a poco, la luna fue desapareciendo, sin los cinco minutos de su noche, y sin robarle cinco minutos al sol. Otras veinticuatro horas volvieron a transcurrir sin él. El reloj volvió a dar vueltas y más vueltas, recordándole a cada segundo. Y ese maldito "tic-tac", que no paraba de sonar, gritándome que el tiempo pasaba y aquí él nunca volvería a estar. La luna volvió a marcharse, una vez más, sin hacer realidad aquel ansiado deseo: aquellos cinco minutos.



martes, 18 de junio de 2013

Letras sin sentido que, de una manera u otra, vuelven a echarte de menos.

Tú, que siempre estuviste presente cuando no estaba la gente que tanto me prometía. Tú, que me hiciste sonreír en todo momento, incluso en los días más lluviosos. Tú, que me has visto crecer y me has enseñado a hacerlo. ¿Por qué no estás aquí, ahora? ¿Por qué te necesito y ya no estás?

Y esa mirada seria que tan poco me gusta... ¿Por qué me miras así? Tu mirada es como una droga que yo nunca he sido capaz de evitar consumir y, como toda droga, hace cada vez más daño. No sé qué tienes para no lograr olvidarme de ti. Ya ni siquiera es un sentimiento, es un yo qué sé qué, es algo sin sentido que ha invadido mi interior, algo que resulta casi imposible expresar letra a letra.

Aún recuerdo aquel día en el que nos despedimos, intercambiando sonrisas, mientras tú me deseabas lo mejor para todo lo que iba a venir. Aquel odioso timbre que nos separó, aquel maldito reloj que sé que nos volverá a reencontrar más adelante, en el camino... No olvido aquella despedida en la que nos dijimos "adiós", aunque ambos, o por lo menos yo, sabíamos o sabía que iba a ser un "hasta siempre", mientras por dentro yo sentía que todo se me partía en pedacitos de recuerdos, sentía que todo iba a estar roto desde tu partida y así fue, así ha sido. Sin ti todo anda mal, amigo.

Duele que todos aquellos momentos ya sólo sean pasado, que yo no sea capaz de demostrarte que aún me importas; que ni el tiempo, ni la distancia han cambiado nada de lugar; que sigues siendo alguien grande, que continúo sonriendo para ti, porque sé que no te gusta que pierda mi sonrisa; que te extraño, joder, no sabes lo que te extraño.

Y si tú ya no estás aquí para acercarte a mí a preguntarme qué me pasa cuando mi sonrisa no está, ¿quién lo hará? ¿Quién me sacará una sonrisa en todo momento? ¿Quién, si sólo tú podías lograrlo?

Llevo bastante tiempo escribiendo para ti, no puedo evitar inspirarme con tus recuerdos, habitas muy profundamente dentro de mí, siempre acabas colándote en todas mis historias, estás en cada letra que me has visto escribir, en cada letra que tú me enseñaste a escribir.

Te vuelvo a dar las gracias por todo lo que aprendí de ti, por haberme enseñado a seguir adelante con una sonrisa, a pesar de todo. Siempre se puede aprender con una sonrisa y tal vez no haya mejor forma de hacerlo. Lo prometido es deuda y prometí no olvidarte, una promesa un poco dura, lo sé; pero, aunque no quiera, estoy segura de que, pase el tiempo que pase, siempre estarás presente, aquí, aquí junto a mí.

De grandes amigos se pueden sacar grandes historias y tal vez esto que he escrito no sea una gran historia, quizá ni siquiera sea una historia, siento que sólo es algo sin sentido, sólo son palabras que te vuelven a echar de menos; pero sé que tú sí eres un gran amigo, un amigo tan grande que ya no cabe aquí dentro; pero siempre haces lo imposible para quedarte, es mi mente la que se encarga de encerrarte y no dejarte salir. Eres uno de los espejismos más bonitos que alcanzo a ver a cualquier hora, en cualquier momento, hasta en la más profunda oscuridad de la noche. Vuelve.

lunes, 13 de mayo de 2013

Nostalgia.

Mientras dejo el tiempo pasar, escuchando ese continuo "tic-tac", me encuentro una vez más con una hoja en blanco y un bolígrafo, apenas sin tinta, delante de mí. Y, claro, ya sabes cómo soy yo: siempre caigo en la tentación de escribir; no puedo ver una hoja vacía, sabiendo que yo tengo mucho que decir. ¿Y qué mejor que rellenarla con letras?

Lo que no entiendo es por qué, cada vez que la inspiración entra en mí, lo hace con tu recuerdo y no puedo evitar acabar siempre escribiendo para ti. Habitas muy profundamente dentro de mí, y cada historia mía es una manera distinta de echarte de menos. Es extraño, porque te veo todos los días, sé que sigues estando ahí; pero ya nada es como lo era antes y es eso lo que más me duele, y te puedo asegurar que este dolor corroe, poco a poco, mi interior. 

Añoro, de una manera desbordada, los momentos que viví contigo, tu voz, tu mirada callada que me lo decía todo, los abrazos de tu aroma que me envolvían y me hacían volar al paraíso, tus conversaciones sin sentido que siempre me sacaban una sonrisa, tu conducta de enseñarme a aprender sin permitir que mi sonrisa se ausentara de mi cara... Regresa, por favor.

Puede que parezca un poco absurdo, pero quiero decirte que, hoy, mi sonrisa te la debo a ti. Hoy, sonrío gracias a tus recuerdos, y también a esos segundos en los que nos cruzamos y mi mirada se clava en tus ojos, mientras contemplan el resplandor de tu bonita sonrisa.

Esto es una locura y, sin ser consciente de ello, me estoy volviendo loca únicamente para no olvidarte. Quiero volver a verte aquí, de nuevo. Fuiste tú la única persona que logró hacerme sonreír cada día, tanto en los buenos como en los malos momentos. Fuiste tú la única persona que se acercó a mí a preguntarme "¿Qué te pasa?" cuando estaba llorando. Y es que no puedo soportar hacerme la idea de que tus momentos ya sólo son buenos recuerdos, y quizá no regresen, al igual que tú, que tal vez tampoco lo harás.

Se empieza a formar ese odioso nudo en mi garganta, el que siempre me alerta de que las lágrimas están haciendo fuerza para deslizarse sobre mí; pero yo seré más fuerte que ellas. ¿Sabes por qué? Porque estas letras, una vez más, vuelven a ser para ti, y sé que no te gusta que pierda mi sonrisa, o al menos eso fue lo que un día me dijiste. Así que seré fuerte, confiaré en que volverás, en que mañana nos volveremos a encontrar en el mismo camino que ayer nos separó, en tus palabras que decían "nos volveremos a encontrar más adelante", en ti, confiaré en ti. Y si te gusta verme sonreír, aunque no me puedas ver, te aseguro que yo sonreiré. Si alcanzas a leer esto, podrás apreciar que te extraño, o tal vez ni te molestes en pensar que estas letras son para ti. Un abrazo, y no tardes en regresar.

jueves, 9 de mayo de 2013

El dolor se seca a base de sonrisas.

Aquí estoy una vez más, arrojando letra a letra todo lo que mi voz es incapaz de decir, expresando una tristeza inmune que se resume en una dolida sonrisa. Uno de mis defectos, o una de mis virtudes, no lo tengo del todo claro, es sonreír en todo momento, aunque el dolor corroa y desvanezca cada rincón de mi interior, siempre sonrío. Tal vez lo haga porque la vida me ha hecho tanto daño, que ahora le sonrío, aunque me hiera una, dos, tres, o infinitas veces. Quizá aparente ser pequeña, o no del todo grande, quizá con mi edad lo normal es que no se sepa lo que es una herida procedente de la vida. Pero yo sí lo sé, lo sé desde hace ya muchos años. Sé que no hay peor herida que aquella que abre la vida, porque ese tipo de herida no es como la que me hacía corriendo en el parque, esta herida es casi imposible de cerrar. Cicatriza, pero en el momento menos esperado se abre de nuevo, y duele, aseguro que duele y hace caer en un profundo abismo, como si de un laberinto sin salida se tratase. No se cura con nada, ni con agua oxigenada, ni con tiritas, ni con alcohol... Y no queda otro remedio que seguir adelante, e intentar sanarla con una lagrimosa sonrisa.

El tiempo me ha hecho ver que, por muchos caminos pedregosos, o por muchas realidades de cristal por las que tenga que pasar descalza, nunca debo rendirme. Aunque la soledad me invada, aunque me sienta sin fuerza, aunque sienta que el mundo entero cae sobre mí, siempre he de seguir. 

Sí, puede que todos los días regale una sonrisa a todos, puede que siempre me asome sonriendo a este mundo loco, pero ese no es motivo para tomarme como alguien sin preocupaciones, sin problemas, sin dolor... ¿Y si las personas que más sonríen, tal vez, son las que más han sufrido?

Si sonrío no es porque siempre me sienta bien, sino porque no quiero explicar por qué me siento mal. Porque es mejor resumir todo con un "estoy bien" seguido de una sonrisa, que decir "estoy mal" y tenga que dar explicaciones, las cuales me hacen sentir peor. Prefiero guardar todo para mí, aunque a veces me harte de tanto tragar, sin nada soltar.

Tampoco he venido aquí para decir que estoy mal, sino simple y llanamente para decir que no estoy del todo bien. Estoy un poco harta de que me rodeen tantos malos pensamientos, y carezcan los buenos. Me canso de detenerme continuamente para escuchar a mi mente, y nunca me traiga buenas noticias. Me aburre reproducir la música más alta que mis pensamientos y acabar siempre llorando, oyendo como la tristeza sobrepasa el sonido de las corcheas. Y pensamiento tras pensamiento, dejo la vida pasar, con una sonrisa ahí afuera, mientras aquí dentro las letras empapan día a día, llorando, hojas en blanco. Me tengo que ir ya, así que será mejor que vaya cogiendo una sonrisa y ponga esta hoja al Sol, para dejarla secar, a ver si así se borra el dolor.

domingo, 5 de mayo de 2013

Mi amiga Soledad.

Regreso, una vez más, a vestir con mis letras una hoja en blanco. La soledad siempre me trae inspiración, y tal vez las palabras puedan rellenar cada hueco vacío de esta casa, y también de mi interior. Intento subir el volumen de la música, procurando no oír mis lánguidos pensamientos; pero resulta imposible ignorar a mi mente, cuando sé que me está pidiendo a gritos que me detenga a escucharla. ¿Qué querrá esta vez?

Hey, espera, ya casi la oigo, y me pide de manera desesperada que escriba, que no detenga mis palabras, porque sólo así podré entender lo que me quiere decir. Realmente, no comprendo mis pensamientos sin antes plasmarlos en la escritura. ¿Me vas a decir de una vez qué quieres, mísera mente?

Presiento que has venido para hacerme recordar, porque sabes que dentro de mí permanece un profundo abismo, en el que habita un añoro desbordado. Sabes que no me siento bien, y siempre vienes para hacerme sentir peor. No me hagas recordar, por favor, vete. No pensar, tan sólo quiero no pensar.

Veo que aún sigues aquí, aunque tampoco quiero que te vayas. Solamente pido que con ningún pensamiento me hagas llorar, que si vienes, vengas para hacerme mirar el lado bueno de todo esto que me rodea. ¿Pero cómo voy a mirar el lado bueno, si no sé en qué intrépido lugar se esconde?

Llegué a sentirme extremadamente feliz en aquel presente que, hoy, sólo son recuerdos. Mi mente no deja de recordar, haciéndome llorar, que los mejores momentos del pasado ya no volverán. Y hoy, de esta realidad, yo quiero escapar. Hoy, los buenos momentos ya no son una rutina como lo fueron ayer. Hoy, todo es demasiado aburrido. ¿Y qué puedo hacer? De llorar ya estoy cansada, y de sonreír también.

Siento que entre todos forman un círculo en el que yo me quedo fuera como si fuese un cuadrado incapaz de encajar. Y todo esto, quiera o no, acaba doliendo. Aunque quiera subir el volumen de la música para olvidarme de este mundo loco que me rodea, sé que no puedo hacerme la loca, sé que aquí dentro me arden demasiadas heridas incapaces de cicatrizar. Aunque por fuera quiera demostrar que estoy bien, yo sé perfectamente lo que hay aquí dentro, sé lo que pasa desde el momento en el que la soledad me invade. Aunque sonría, sé que mi sonrisa está cansada. Y aunque sepa que está cansada, también sé que, cuando yo salga de nuevo ahí fuera, volverá a acompañarme, como si nada pasara.

martes, 30 de abril de 2013

Me voy a ser feliz. No me esperéis despiertos.

A base de golpes, caídas, heridas, lágrimas y soledad, es como he aprendido a ser fuerte. Porque sé lo que es la soledad, sé lo que es caer y no tener a nadie ahí para ayudarme a levantar, sé lo que es el dolor, sé lo que es tener una herida abierta y sangrando. Yo caí en un abismo, y ahí no se veía nada. Pero pude salir y lo hice sola. Tal vez esto es lo que me ha ayudado a madurar, a mirar la vida como un laberinto difícil y cargado de obstáculos, pero con una salida que me lleva a vivir momentos repletos de alegría. Puede que la vida tenga malos momentos, quizá el número de tristezas sea mayor que el de alegrías, o viceversa, no lo sé. Lo que sé es que es maravillosa, a pesar de todo, la vida es uno de nuestros mayores regalos. Y todo regalo se acaba rompiendo, desvaneciendo, perdiendo, o simplemente se tira a la basura porque ya es demasiado viejo. ¿Por qué no iba a terminar la vida? Toda historia tiene principio, y también final. Todas las historias tienen comas que nos ayudan a respirar, puntos que nos hacen recuperar el aliento para poder seguir adelante... La vida también tiene comas para ayudarnos a respirar, puntos que nos indican el final de un párrafo, de un camino, de un atajo, y nos hace comenzar una vez más, en la misma historia, pero por un lugar desconocido. Y encontrarnos con el punto y final es como quedarse respirando eternamente dentro de un mundo sin oxígeno, es la pausa más larga que nos tomamos antes de seguir. ¿Seguir hacia dónde? No lo sé, no tengo ni la más remota idea de hacia dónde iré después de aquí, de esta historia, que es la vida. Pero, mientras tanto, viviré. Haciendo pausas, respirando, recuperando el aliento... Y, sobretodo, aprendiendo de cada error. He nacido para ser feliz, no perfecta. ¿Qué más da lo que digan? ¿Qué más da lo que piensen? Viviré a mi manera, para llegar al puerto que yo quiera. Si tengo que pasar página, cambiaré de libro. No me gusta seguir leyendo una historia que no me gusta. No sé quién estuvo antes de mí, ni quién estará después de mí; sólo sé que yo estoy aquí para vivir. Me voy a ser feliz. No me esperéis despiertos. No sé cuándo regreso.

martes, 23 de abril de 2013

Aunque calle, pido a gritos que regreses.

Una vez más, vuelvo a quedarme sola en casa. Intento subir el volumen de la música para llenar los espacios vacíos, pero es imposible llenar tantos huecos con unas simples y míseras canciones. Joder, vuelvo a echarte de menos sin querer y queriendo a la vez. He sido tan imbécil, me he comportado tan mal, he tenido los ojos tan cerrados, que ahora que los abro es cuando veo lo que significas para mí. 

Sabía que todo esto de extrañarte a cada segundo y todos los días iba a ocurrir, pero no hice nada para evitarlo. Me hice la ciega que podía ver, pero no quería mirar; no quise aceptar que la distancia se iba a interponer e iba a destrozar este fuerte vínculo, no quise asumir que todo iba a cambiar en apenas segundos. Y llegó ese momento, sonó esa maldita campana que anunciaba la despedida. ¿Cómo iba a decirte adiós, si no quería que te marchases? "Será un hasta siempre", pensé. "Adiós", te dije. Te despedí con una débil sonrisa y unas congeladas palabras, mientras por dentro me corroían las ganas de ir a abrazarte y no soltarte nunca más. Pero el miedo fue más fuerte que yo, y tuve que conformarme con una fría despedida. ¿Miedo a qué? Ni siquiera yo lo sé del todo bien. Miedo a perderte para siempre y tener que convertirte en recuerdos, tal vez.

Y hoy todo es tan distinto sin ti, sin los momentos que vivimos juntos, sin esas sonrisas que sólo tú sabes sacar en los buenos y malos momentos, sin respirar el aroma que tanto adoraba cada vez que pasabas por mi lado... No sé, quizás me arriesgué a quererte más de lo que debía.

Tengo la esperanza de que, el mismo reloj que un día nos separó, nos vuelva a reencontrar en el camino; de hecho tú me lo aseguraste, sin embargo yo no sé por qué diablos no termino de creerte. Será porque prometiste tanto y cumpliste tan poco, que ahora siempre me cuesta creer en tus palabras.

"No me gusta verte sin una sonrisa", "de cualquier manera, tú sigue ahí, no te rindas", "te quiero mucho", "¿hace falta que lo pregunten? Claro que lo es: es mi niña". Las palabras más grandes que he recibido y las cuales guardaré siempre dentro de mí, no esperaba menos de alguien tan grande como tú y me alegra saber que proceden de ti. Sólo espero que tú tampoco las hayas olvidado, ni hayas borrado su significado. Espero que aún siga significando algo para ti. Sé que hay algo que te impulsa a acercarte a mí, y tal vez tú también quieras convertir todo en lo que era antes. Pero dentro de mí se mueve algo que me maneja, que me obliga a alejarme de ti sin querer. Y me da rabia, me da rabia actuar fría y distante, cuando sé que lo que siento es muy fuerte, mucho más fuerte y grande que la distancia que nos separa.

Ya no queda nada de esta cuerda repleta de momentos en común, la cual compartíamos para llegar cada vez más lejos, ya se ha desvanecido, y yo he caído al vacío, y aquí no se ve nada, todo está muy oscuro, tal vez por ello te he perdido y sienta que estás cada vez más lejos. Todo ha quedado en recuerdos, muy buenos recuerdos que ojalá pudieran volver a convertirse en presente, no en pasado.

Eres muy grande, por favor, no lo olvides, no olvides nada de lo que te dije, de las palabras que te regalé, de lo que hice por ti, porque lo volvería a hacer una, dos, tres, y un millón de veces más. Porque te lo mereces, te mereces lo mejor que puede existir. No sé muy bien quién eres, pero sé quién me has demostrado ser y haciendo todo lo que hiciste me he convencido de que eres una de esas buenísimas y enormes personas que no se olvidan jamás. Porque estuviste ahí en las buenas y en las malas, me hiciste sonreír a cada momento y cuando nadie lograba hacerlo, me ayudaste, te preocupaste por mí, de defendiste... Y eso, pocas personas o ninguna son las que lo hacen. Gracias, te vuelvo a dar las gracias por no sé cuántas veces más, aunque creo que te mereces algo más.

Gracias por continuar regalándome la sonrisa que me regalaste desde el primer momento. Yo sigo mirándote los ojos y encontrando el cielo en ellos, sigo encontrando en tu mirada todo lo que necesito para sonreír. Ocupas un gran hueco, a pesar de haberme dejado un vacío monumental.

No hay día en el que no me sumerja en mi interior y no te encuentre naufragado en lo más profundo de mi ser. Siempre andas rondando por aquí, aunque en realidad sólo es tu recuerdo el que se mueve dentro de mí. Porque si fueras tú el que de verdad está aquí, no existiría esta soledad que ni la música, ni la escritura pueden llenar.

miércoles, 17 de abril de 2013

No tardes en regresar.

Este añoro corroe poco a poco mi interior, el echarte de menos se está convirtiendo en rutina y la rutina aburre, cansa. Por favor, no tardes en regresar, y cuando lo hagas procura convertir todo esto en lo que un día fue, en lo que un día fuimos. Convirtamos esta distancia en centímetros entre tu cuerpo y el mío, entre tu mirada y la mía. Reconstruyamos la cuerda cargada de buenos momentos que nos ayudaba a subir cada vez más hacia arriba, de la cual apenas queda un hilo a punto de desvanecerse. Transformemos este frío en un abrazo que entrelace tus brazos con los míos.

lunes, 8 de abril de 2013

Vuelvo a echarte de menos.

Si pensabas que ya me había olvidado de ti, aquí me tienes de nuevo, escribiendo para ti, poniendo el alma en cada letra. Tal vez seas tú el que ya se ha olvidado de mí, quizás ya no recuerdes lo que signifiqué para ti... Y aquí estoy yo una vez más para decirte que te extraño, que te sigo queriendo mucho, tal vez demasiado.

Sin ti todo ha cambiado. Mi sonrisa no luce con tanto entusiasmo, está algo cansada, siente dolor, está herida, te echa de menos. Y es que sólo tú lograste  hacerme sonreír en los días más oscuros, fuiste tú la única persona que estuvo aquí para sacarme una sonrisa en mis peores días, y también en los mejores. Y ahora no estás aquí para hacerlo.

Me enseñaste a aprender de mis errores, y a aprender también de ti. Me defendiste, te acercaste a mí cuando viste que no me sentía bien, te preocupaste por mí, me demostraste que te importaba, que no te gustaba verme sin una sonrisa. ¿Por qué todo ha cambiado en tan poco tiempo? ¿Por qué actuamos como desconocidos, si ambos sabemos que nos conocemos muy bien? ¿Por qué nos miramos y bajamos la vista cuando nuestras miradas coinciden, si antes siempre nos sonreíamos?

Creí que la distancia no iba a cambiar nada de sitio, pensé que esta amistad iba a ser más fuerte. Pero el tiempo me ha hecho ver que estaba equivocada. No sé dónde ha quedado la amistad. Lo único que sé es que este sentimiento sigue permaneciendo dentro de mí, me invade, me descontrola, me hace llorar, y a medida que pasa el tiempo crece más.

¿Quién me iba a decir a mí que la misma persona que ayer me hizo reír cada día, hoy me hace llorar cada noche? No hay recuerdo tuyo que no me saque una sonrisa, y a la vez una lágrima. Lloro porque sé que todo se ha convertido en un puto pasado, porque todos nuestros momentos ya no volverán, porque el tiempo ha pasado, porque nada volverá a ser lo mismo de antes, porque tan sólo pensar que ya me has olvidado produce en mí un estado de extrema tristeza. Y sé que volveremos a encontrarnos más adelante en el camino, pero te aseguro que nada podrá volver a ser lo mismo.

Recuerda siempre que siempre te recordaré. Fuiste, eres, y serás alguien grande para mí. Y si, como me dijiste un día, yo fui alguien especial para ti, espero que aún lo siga siendo, aunque no con tanta intensidad como antes, lo sé. Personas como tú no son fáciles de olvidar, son inolvidables. No puedo decirte más de lo que ya sabes, porque ya lo sabes todo, aunque aún no quieras darte cuenta. No quieres ver que, por muy increíble que parezca, eres imprescindible para mí. Eres un gran amigo, una enorme persona. Muy, muy grande.

Te vuelvo a dar las gracias por cada momento que viví a tu lado, cada ataque de risa, cada lágrima que se deslizaba por mi cara de tanto reír... Gracias por haber sido quien eres hasta el momento, por haber aguantado mi pesadez, por haber confiado en mí y seguir haciéndolo muy de vez en cuando, por perdonar mis errores y hacerme aprender de ellos. Gracias por todo.

Mi llanto te recuerda cada vez que patina sobre mis mejillas y me hace recordar a mí que no te gustaba verme sin una sonrisa dibujada, por ello intento sonreír ante los problemas, porque sé que nunca te gustó verme llorar. Pero, a veces, eres tú mismo el que me hace llorar con tus recuerdos, aunque en este caso mi llanto es de alegría. Alegría al saber que la vida me hizo conocer a un amigo increíblemente grande, a una persona que me sacó una jodida e inmensa sonrisa todos los días, aunque ahora  ya no sea así. Gracias, joder, mil gracias.

Repito que nada es lo mismo, pero sé que algún detalle sigue en su lugar. Como, por ejemplo, el darme fuerza para no rendirme. Porque me has ayudado a seguir adelante en todo momento, eso no te lo niego. Me has dado fuerza cuando viste que caí. Y te lo agradezco, te agradezco que aún permanezca algo dentro de ti que te impulse a acercarte hasta mí.

Este añoro corroe poco a poco mi interior, el echarte de menos se está convirtiendo en rutina y la rutina aburre, cansa. Por favor, no tardes en regresar, y cuando lo hagas procura convertir todo esto en lo que un día fue, en lo que un día fuimos. Convirtamos esta distancia en centímetros entre tu cuerpo y el mío, entre tu mirada y la mía. Reconstruyamos la cuerda cargada de buenos momentos que nos ayudaba a subir cada vez más hacia arriba, de la cual apenas queda un hilo a punto de desvanecerse. Transformemos este frío en un abrazo que entrelace tus brazos con los míos.

viernes, 5 de abril de 2013

Llegaremos a tiempo.

Me detengo un momento para intentar recuperar el aliento que la noche oscura y fría me había robado. No alcanzo a oír nada, excepto un continuo canto de grillos y unos lánguidos ladridos de perros aparentemente lejanos. Son las tres de la madrugada y el pequeño pueblo de Tías ya duerme. Yo aún permanezco despierta, asomada a la ventana de mi dormitorio, observando las relucientes estrellas que tanto destacan en este cielo tan oscuro. 

La noche transcurre sin descanso... Yo sigo pensando en mi vida, presenciando el molesto "tic-tac" que las agujas del reloj producen al andar. El tiempo sigue avanzando, y yo continúo perdida dentro de él. Tiempo... ¿Qué es el tiempo? Esa es la cuestión que no me permite dormir. La verdad es que detesto el tiempo, porque no me gusta tener que dejarlo atrás cada día, por verlo pasar y sentir impotencia al no poder hacer nada para evitarlo. No me gusta ver que el hoy será ayer, y el mañana también lo va a ser. Las horas, los días, los meses, los años, la vida... Todo es tiempo y el tiempo se acaba, tal vez sea ese el motivo por el cual la vida también termina. 

Ya son las cinco de la madrugada. Decido cerrar la ventana y regresar a mi cama. Cierro los ojos, pero no la mente. Continúo pensando en el tiempo, preguntándome por qué todo fluye dentro de él. Continúo haciéndome preguntas a las cuales no sé qué responder exactamente. Una lágrima está a punto de deslizarse por mi mejilla, aunque ni yo misma sé por qué. De repente, noto una sensación de peso, como si el mundo se me hubiese echado encima en tan sólo un mísero instante. Me siento sin fuerza. Pienso en salir de mi dormitorio para intentar tranquilizarme, pero acabo de oír hablar por teléfono a mi padre, Miguel, que ya se ha levantado para ir a trabajar. No me apetece dar las explicaciones que mi padre seguramente me pediría respecto a mis lágrimas, sobretodo porque ni yo misma las sé. Así que decido beberme mi propio llanto y compartirlo con la almohada.Sigo sin entender mi llanto injustificado. Todo surgió al querer hablar del tiempo. ¿Será que no supe aprovechar cada grano de segundo que ya ha quedado en el pasado? ¿Será que hoy extraño el ayer? Sí, en esta noche tan pesada, echo de menos el presente que un día viví, el que ya forma parte de mi pasado. Lloro porque he dejado atrás un pasado muy feliz, muchos años, horas, días, momentos, vida... Tiempo. Ya no soy el dulce bebé al que todos deseaban comer a besos, ni aquel bebé que solucionaba los problemas con un llanto y un par de pataletas. Tampoco soy aquella niña la cual era feliz con un simple juguete en la mano. Ya he crecido. Mis heridas ya no son las que me hacía jugando con mis amigos en el colegio, las de ahora tardan más en cicatrizar e incluso cicatrizadas siguen doliendo como el primer día. Mis problemas ya no son únicamente los que encuentro dentro del libro de matemáticas, ahora también encuentro muchos más fuera de él. Todo ha cambiado. El tiempo ha revuelto todo lo que creía tener en orden. 

Poco después, sin darme cuenta, logro detener mis lágrimas. Ya ha amanecido, otra noche ha quedado en el pasado. Comienza otro hoy que también se convertirá en ayer. Y pensando en el tiempo se me ha olvidado levantarme para ir a clase. Apenas quedan cinco minutos para poder peinarme, vestirme, desayunar e ir al instituto. Mi madre, Leticia, toca furiosamente la puerta de mi dormitorio, abre la misma y, con una cara entre dormida y enfadada, me dice:

- Anabel, hija, ¿qué haces aún en la cama? No te va a dar tiempo de llegar puntual a clase y ya sabes que no me gusta que llegues tarde.-

Yo guardo silencio durante unos incómodos segundos, y sólo fui capaz de sonreír, hasta que después dije:- Tranquila, mamá. En la vida nunca se hace tarde. Para mí, lo importante no es llegar a tiempo, sino llegar, sea a la hora que sea. Lo importante es llegar, mamá. Estoy cansada de estar cada día, continuamente, pendiente del reloj. ¿Por qué tengo que vivir dependiendo de dos agujas que no paran de moverse?- Respondí. Mi madre se quedó sin saber bien qué decir ante mis palabras, estaba muy extrañada con todo aquello que me había oído decir. Se acercó a mí, sonrió, me dio un beso en la frente y me dijo:

- Ya, Anabel, hija, pero... Bueno, venga, vístete y déjate de tonterías.

- Mamá, no son tonterías. He llegado a la conclusión de que en la vida merece la pena ir despacio. ¿Para qué quiero darme prisa, para estamparme cuando menos me lo espere contra el punto y final de esta historia, que es la vida? No, mamá. No me voy a dar prisa. Quiero vivir en cada segundo. Lo importante no es solamente vivir una historia, lo verdaderamente importante es escribirla una vez vivida y que, al poner el punto y final, no me quede nada por contar. Y si vivo deprisa no me dará tiempo de detenerme a observar los pequeños detalles y aprender de ellos, a vivir hoy todo el tiempo que mañana dejaré atrás. Si vivo rápido solamente podré vivir un resumen, y yo quiero vivir una historia completa, con todos los hechos. Vive despacio y llegarás a tiempo, mamá. En ocasiones ir rápido te impide llegar, ya que te puede hacer estampar. Las personas, cuanto más deprisa queramos llegar, más tardaremos en hacerlo, y a veces ni siquiera lo logramos hacer.- Dije.

Mi madre se quedó pensativa, y oí como en un susurro comenzó a hablar sola y dijo: "Anabel tiene razón, vivir deprisa no merece la pena. Nunca es tarde para llegar a tiempo. La vida no tiene final, es mi historia la que termina. Mi hija me ha hecho ver que, por muy tarde que sea para cruzar un camino, sé que podré cruzar a tiempo otro. Si la vida me pone barreras para impedirme llegar a tiempo, yo cambiaré de camino. Sé que, vaya por donde vaya, encontraré mi destino. Y si pierdo las primeras oportunidades, ganaré las segundas. Tarde o temprano, sé que llegaré a tiempo. Hoy, a Anabel se le ha hecho tarde y no la dejarán pasar a la clase de primera hora. Pero sé que llegará con tiempo suficiente para entrar en la segunda. El reloj temporiza la vida, no las oportunidades. Nunca se hace tarde para seguir adelante. Ahora es cuando, más que nunca, creo en la famosa frase que dice: cuando una puerta se cierra, otra se abre.”

Me quedé perpleja... Miro el reloj que colgaba en la pared de la cocina, sonrío, me despido de mi madre y, a un paso lento y tranquilo, me voy hacia el instituto. La primera clase ya había terminado, pero la segunda ni siquiera había comenzado.  

Camino de rosas.


Y una vez más me encuentro sentada delante del ordenador, tecleando sobre una hoja en blanco, sin rumbo, intentando construir una historia. Hoy, no me siento del todo bien, me siento sin fuerza, por ello quiero a hablar de la vida, de los caminos pedregosos por los que he logrado pasar, de todo lo que he logrado superar. Y tú, que estás leyendo esto, supongo que te preguntarás por qué asocio mi falta de fuerza con mis malos momentos del pasado; pero lo entenderás, continúa leyendo, que lo entenderás... Te lo aseguro.

En mis débiles momentos, cuando siento que el mundo se me echa encima, me gusta recordar las peores situaciones por las que he pasado. Me gusta darme cuenta una y otra vez de que un día me tocó sufrir, un día la vida me puso zancadillas en las cuales perdí el aliento de vida, me puso barreras para impedirme seguir, me derrumbó, me dejó sola... Pero volví a levantar. Y recordar que a pesar de todo sigo aquí, que nunca me rendí, es lo que me ayuda a subir mi autoestima cuando la tengo por los suelos.

En esta hoja quiero recordar una de mis historias más tristes, porque así podré sentirme más fuerte. Es una de las historias que más me costó superar, pero logré hacerlo. Creo que las personas no sabemos ser fuertes hasta el momento en el que sacar fuerza es nuestra única opción para seguir adelante. Eso es lo que me ocurre a mí. Yo no sé ser fuerte, hasta que llega el momento en el que la vida me obliga a serlo. Y cambiando de tema... No me gusta la oscuridad, me trae malos recuerdos, y ya casi está oscureciendo, así que será mejor que comience con la historia que quiero contar antes de que se vaya el Sol.

Todo comenzó un martes, una noche del mes de abril, mientras yo dormía. La casa permanecía en absoluto silencio, todo aparentaba estar tranquilo. Pero, de repente, escucho un fuerte ruido al lado de mi ventana. Parecía que estaban forzando las persianas, intentando abrirlas. Yo estaba asustada y quise dirigirme hacia la cama de mis padres para sentirme protegida, pero no tuve valor. Mi cuerpo temblaba. Después de unos minutos, todo pareció haberse quedado en un simple susto; pero no fue así. De una forma violenta y repentina, el cristal de mi ventana se rompió debido a una fuerte pedrada. Alcé la cabeza y entre la oscuridad de la noche alcancé a ver una figura esbelta, encapuchada y cada vez más aproximada a mi cama. Era un ladrón.

Quise gritar para pedir socorro, pero entonces el encapuchado se lanzó bruscamente hacia mí y me tapó la boca con su gigantesca mano. El delincuente me advirtió que no gritase, que permaneciese quieta. El impacto de la situación provocó que me desmayase. La verdad es que prefería desmayarme y no enterarme de lo que sucedía, antes de estar despierta y vivir en una auténtica pesadilla.

Estuve casi dos horas sin despertar de mi desmayo. Cuando logré abrir los ojos, y recuperar el conocimiento, me dí cuenta de que estaba en un lugar desconocido. Mi boca permanecía tapada con un esparadrapo, tenía las manos atadas tras el respaldo de la silla en la cual estaba sentada. Era un secuestro. Yo era la secuestrada. La situación era semejante a la de una película de terror, pero era la realidad; la absurda realidad. Y sentía miedo, mucho miedo. Extrañaba a mi familia y mis ojos no se cansaban de llorar.

Después de unos instantes, el secuestrador se acercó a mí, rozando la punta de un afilado cuchillo sobre mi nariz. Me temí lo peor. Tenía únicamente diecinueve años, no merecía morir tan pronto y menos asesinada.

- ¿Por qué lloras, pequeña Isabelle? - Dijo el secuestrador con una sonrisa sarcástica formada en su rostro.

No me atreví a responder, estaba tan asustada que no me salían las palabras. Y aunque quisiera, no podía hablar, ya que mi boca permanecía tapada. Lo que me extrañó fue que el encapuchado supiese mi nombre. Sería alguien cercano cuyo objetivo era hacerme daño, supongo. Pero no me importaba saber quién era la persona que me había secuestrado, lo único que me importaba era salir de aquel lugar tan oscuro y solitario en el que me encontraba.

Transcurrieron tres días. Seguía atrapada entre las garras de un diablo. Aún estaba secuestrada. Apenas había comido. Me dolía todo el cuerpo, no sentía las piernas. No entendía qué quería de mí el tipo repugnante y malvado que me tenía en aquel lugar. No había vuelto a acercarse a mí desde aquel momento que me vio llorar, pero volvió a hacerlo de nuevo. Esta vez no tenía un cuchillo, sino una rosa cargada de espinas. Me quitó el esparadrapo de la boca, me desató las manos y me dijo: ¿Ves la rosa que tengo en mis manos? Te la he traído a ti, pero ten cuidado al cogerla, porque está cargada de espinas. Es semejante a la vida. Si tú pudieses poner la vida sobre tus manos te darías cuenta de que también está cargada de espinas. Pero esas espinas se pueden eliminar, así que no sientas miedo; no llores. Mira, te irás de aquí sin saber quién soy, aunque sí sabrás por qué te he secuestrado: lo he hecho para que te des cuenta de que el miedo y el llanto no te llevan nunca a ningún lado. Tu vida ha tenido muchas espinas, lo sé porque te conozco desde hace tiempo. Pero, si te paras a pensar, ¿cuántas espinas has sido capaz de superar? Todas, las has superado todas. Por ello debes sonreír, y sentirte alguien extremadamente fuerte.

Yo no respondí nada, me quedé perpleja. Horas después, quedé en libertad y volví a ver el resplandor del Sol. Me despedí de la oscuridad. Un poco desorientada, regresé a casa y mi familia me abrazó tan fuerte como nunca. Mi madre me preguntó qué me había pasado y yo, sonriente, le dije: “no ha pasado nada, mamá. Tropecé con una espina del camino, nada más. Pero he sacado mi fuerza y aquí estoy de nuevo, contigo y nuestra familia, mamá, estoy tan sana como una rosa sin falta de agua.”

Mi madre sonrió y me abrazó de nuevo. Yo volví a sentirme feliz y aprendí que si la vida es fuerte, yo lo debo ser más. Aprendí a luchar incluso en la más profunda oscuridad. A darme cuenta de que lo doloroso no es solamente la caída, sino quedarme en el suelo después de haber caído. Sé que la vida no sólo regala flores... Y cuando me regale espinas, de ellas yo haré rosas.

Castillos de arena.


Está claro que los tiempos cambian, la vida avanza, el reloj siguen andando... Y yo sigo creciendo, todos seguimos creciendo. Parece que fue ayer cuando nací, pero hoy ya me encuentro con setenta y ocho primaveras delante de mí. No sé si he sabido aprovechar el tiempo del todo bien, tal vez algunas horas se me hayan caído del bolsillo mientras andaba. Aunque pienso que ningún tiempo se pierde, mientras uno esté vivo.

Siempre he sido un hombre de campo, de esos que sustituyen el marrón por el canelo, y el azul celeste por el azul flojo... Nací en la mar, me he criado en la mar, y en la mar moriré. Llevo pescando desde que tenía cinco años, fue mi padre, Manuel, quien me enseñó a hacerlo. Todas las tardes yo iba a pescar con él y recuerdo que siempre me decía: “Jose, hijo, nunca intentes pescar el pez más grande; confórmate con coger alguno, aunque sea pequeño. Lo que aparenta ser pequeño pequeño, en ocasiones, suele ser muy grande.” Y tenía razón. Es igual que en la vida... En ella, hasta las personas más pequeñas pueden convertirse en las más grandes.

Mis amigos se reían de mí, decían que pescar era asunto de viejos, que los niños pescadores eran inferiores. Yo nunca les hice caso. Siempre me ha gustado tomar mis propias decisiones, de lo contrario me convertiría en alguien que no soy. Me gusta ser como quiero ser, no como los demás quieren que sea. Nunca me he llegado a sentir inferior, y a estas alturas no creo que alcance a sentirme así.

Puede que yo sea del campo, que haya crecido entre corrales de animales, que cada día haya respirado un aire cargado de estiércol; que desde niño haya trabajado en las tierras de mi padre, en lugar de ir a la escuela. Aunque sea un poco inculto... ¿Nadie se ha dado cuenta de que la gente como yo, del campo, es la gente más fuerte? No me quiero echar flores a mí mismo, pero realmente pienso así. En el campo se pasó mucha hambre, se sufrió mucho, y nadie se dio por vencido. ¿No es eso ser fuerte?
Cuando yo nací fui una gran carga para mis padres, no sabían con qué mantenerme. Pero era su hijo, y tenían que sacarme adelante. Mi padre, de día, trabajaba en la mar; y de noche lo hacía en la calle, vendiendo la vieja ropa que en casa apenas se usaba. Mi madre, llamada Aurora, lavaba la ropa de los vecinos a cambio de que estos le pagasen. También asaba castañas en una calle cerca de casa. Ambos se pasaron la vida trabajando. Nunca pudieron comprarme un juguete, pero sí me dieron de comer, me abrazaron para calmar el frío en los meses de invierno, y me dieron todo el cariño que un niño necesita. El camino de la vida nunca es fácil, y lo es menos aún cuando hay marejada. Mis padres actuaron como un rompeolas, para así evitar que yo me ahogase. Y estoy muy orgulloso de ellos.

Mi infancia no fue fácil, pero sí feliz. No podía comprarme juguetes, por ello los fabricaba yo. Mi preferido era la moto, un juguete fabricado con un trozo de madera pegado a un vacío tarro de leche condensada, en el que dentro introducía una vela encendida para que ejerciera del foco delantero que tienen las motos de verdad. Las ruedas eran mis piernas, la carretera era un llano cubierto de secas hierbas, y mi boca hacía el ruido que hacen las motos al acelerar. Todo consistía en tener la suficiente imaginación como para sentirme un verdadero motorista. Lo mejor era que nunca se acababa la gasolina. Qué buenos recuerdos...

Siempre he tenido cara de pocos amigos, pero tuve muchas amistades. Amistades que perdí con el paso del tiempo, porque todos mis amigos fueron marchándose del pueblo... Se fueron a vivir a la cuidad. Yo no me atreví a hacerlo. Mi hogar era el campo, allí me crié. No soportaría vivir en un lugar rodeado de edificios, en el que únicamente se oyen coches pasar. Desde siempre me ha gustado asomarme a la ventana y ver los árboles, salir a la calle y oír el canto de los pájaros, verme rodeado de montañas y corrales de animales, así que me quedé en el pueblo, en el campo.

Mis amigos comenzaron a enriquecerse. En la ciudad había bastante trabajo y por ello ganaban mucho dinero. Nunca me escribían ninguna carta para ponerse en contacto conmigo y cuando lo hacían era para restregarme su riqueza por mi cara. Cambiaron su personalidad. Para ellos, pasé de ser “Jose, el amigo” a “Jose, el conocido”. Claro, yo era alguien mugriento y ellos tenían una alta clase, así que no podían llevarse conmigo. No eran capaces de ver que ellos también fueron lo que fui y sigo siendo yo... Un hombre del campo, trabajador, luchador, humilde, honesto, y pobre. Ya se habían adentrado en una nueva vida, ahora eran ricos que ignoraban a los pobres. Pienso que el dinero arruina a las personas. Los ricos, si más tienen, más quieren para ellos. Y los pobres que menos tienen son los primeros que se ofrecen para darle a los que estén por debajo de ellos.

Yo seguía y sigo siendo feliz, con o sin amigos. Mi conciencia está tranquila. No he hecho nada para que se distanciaran así de mí. Me asilaron por ser pobre. Pero en realidad soy el más rico. No tengo dinero, pero tengo personalidad. No tengo una gran casa, pero puedo dormir bajo un techo. No soy uno de los peces más grandes, pero soy un pez. Pez al que echaron de su banco. Mi padre me enseñó a no discriminar a los peces por muy pequeños que fuesen. Y le hice caso, pero debí enseñarle la misma lección a mis amigos. Ahora, yo soy un pequeño pez al que han abandonado. Nadie se dio cuenta de que fui y sigo siendo alguien grande. Las personas grandes no son las más altas de estatura, sino aquellas que han sabido estar ahí en las buenas y en las malas, las que han sacado una sonrisa en tiempos de tormenta, las que nunca se han rendido... Esas son las personas grandes. Y yo siempre he estado ahí para ayudar a todo el mundo, aunque no me hayan pagado con la misma moneda. Yo he hecho sonreír a todas las personas que están a mi alrededor, y en todo momento. Nunca me he rendido. Yo soy muy grande. Lo sé.

Las personas que están en lo más alto, no significan que sean las más grandes. Puede que mis amigos sean ricos, y yo no. Puede que ellos vivan en un alto castillo, y yo en una humilde cabaña. Pero no se dan cuenta de que sus castillos son de arena, y se pueden volar hasta con la más pequeña ráfaga de viento. Y cuando se vuelen sus castillos, yo no les ofreceré mi cabaña.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Dreams

Tal vez mis sueños estén muy altos, tal vez sean casi imposibles de alcanzar. Pero lucharé. Si lucho, puedo perder. ¿Y si no lucho? ¿Qué pasa si no lucho? Si no lucho, estoy perdida. No me daré nunca por vencida. Me da igual lo que me digan los demás, no me importa. Son mis sueños, sólo míos. No soy de esas que se rinden desde que ven la más pequeña dificultad.  Si la vida es fuerte, yo lo seré más. Si caigo, me vuelvo a levantar. Si lloro, sonreiré después. Si me quedo sin zapatos, andaré descalza, aunque la realidad sea de cristal, aunque mis pies sangren a cada paso.

No soy una de las personas más fuertes, realmente nunca me he considerado como alguien así. Yo no sé ser fuerte, hasta que llega el momento en el que la vida me obliga a serlo. Y ese momento ya llegó. Es tiempo de sacar fuerza, de no permitir que nada ni nadie me frene. Saltaré las barreras que se planten delante de mí, lucharé sin límites para alcanzar todo aquello que parezca inalcanzable.

Basta ya de ser débil, de esperar a que alguien me dé la mano para ayudarme a levantar, de llorar y sentirme una mierda cada vez que intentan convencerme de que no podré alcanzar lo que quiero, de darle importancia a lo que piensen de mí, de callarme, de regalar sonrisas, amistad y simpatía a personas que no lo merecen, de permitir que me utilicen y me vuelvan a tirar, de ser la idiota que le sonríe a todo el mundo, aunque por dentro el dolor la parta en dos.

La vida me ha enseñado a seguir adelante cada día, sola o acompañada, debo seguir luchando. Es cierto que el recorrido se vuelve más difícil cuando uno anda solo por un camino desconocido, pero caminaré. No me importa el tiempo que tarde en llegar. Lo único que quiero es llegar. Me da igual cuándo llegaré, me importa más cómo lo haré.  Y nadie me detendrá, nunca, jamás.






sábado, 9 de febrero de 2013

Un añoro desbordado

Nunca pensé que llegaría a echarte tanto de menos. Siento un vacío extremadamente grande aquí, en un gran rincón de mi corazón. No sabes el dolor que siento al verte cada día y no poder gritarte lo que siento. Duele tener que saludarte con un simple "hola" cuando en realidad lo que quiero es abrazarte y no soltarte nunca más. Tal vez no te lo demuestre, ni te lo haya demostrado nunca, pero eres alguien imprescindible para mí. Eres muy grande, no sé qué haría sin ti.

Siempre estuviste ahí para todo, me hiciste sonreír incluso cuando las lágrimas me invadían, viniste a mi lado cuando nadie lo supo hacer, te acercaste a intentar consolarme cuando nadie lo hizo. Me arrepiento de no haber sabido capaz de demostrar todo lo que significaste y significas en mí. Me hubiese gustado demostrarte las palabras que un día te dediqué, porque nunca fui capaz de decirte a la cara que eres una grandísima persona, un gran amigo del que he aprendido bastante. Gracias por haberme enseñado tanto, gracias por estar siempre dispuesto a ayudar, por haberme enseñado a aprender de mis errores.

Muchas personas me dijeron que me tenías un cariño especial, que se notaba algo especial entre tú y yo, que yo era tu niña bonita... Existe una gran diferencia entre lo que hubo y lo que inventaron que había, pero fuese lo que fuese, sé que te quería. Y lo sigo haciendo. Lo que digo, lo cumplo. Te prometí no olvidar ningún momento que viví a tu lado, prometí no olvidarte a ti, y no lo he hecho; ni pienses que lo haré.

Sé que todo ha cambiado, ya nada es como antes y es eso lo que más me duele. Ver que ya no nos detenemos para hablar, únicamente nos saludamos cuando nos cruzamos, ver que un día fuiste la única persona que  logró sacarme una sonrisa en los peores momentos y hoy no estás aquí para hacerlo, duele. Sé que cuento contigo, pero no sé si tú quieres contar conmigo, o si quieres que cuente contigo.

Esto es una locura. Te quiero más de lo que debería, te extraño más de lo que imaginé, te necesito más de lo que te imaginas. Adoro tu sonrisa, y tu manera de hacer sonreír. Y esos ojos que tanto me hacen sentir, y a la vez no me hacen sentir nada. Tu voz, el sonido de tu risa a carcajadas, el delicioso olor de tu perfume... Te extraño.

"No me gusta nada cuando pierdes la sonrisa, aunque sé que a veces hay que llorar". Esas palabras salieron de ti, esa es la frase que me ayuda a no llorar cada vez que quiero hacerlo. Nadie se había preocupado por mi sonrisa, ni por mis lágrimas. A nadie le importaba si reía, o lloraba. Nadie estuvo ahí haciendo payasadas para sacarme una sonrisa. Tú eres nadie. Tú eres todo lo que puedo pedir. No sabes la gran falta que me haces.

Cuando te veo se detiene el tiempo. A medida que te veo acercarte, los latidos de mi corazón aumentan; mi corazón se descontrola, mi cuerpo comienza a temblar... Eres increíble, increíblemente grande. Y es cierto que me has hecho daño, pero no porque has querido; sino porque no te diste ni te has dado cuenta de todo esto. Me duelen muchos detalles que he visto y no me gustan nada, pero no pretendo que los cambies. Tampoco pretendo que cambies tú, o tu forma de actuar.

Mil gracias por todo, tanto por lo que me diste como por lo que no. Gracias ser quien eres, por haberme aguantado durante todo este tiempo, por haber resuelto todas mis dudas, por haber corregido mis errores... POR TODO. Creo que ya sabes lo que hay, aunque aún no has descubierto la parte más importante de todo esto. Y es que no sé vivir sin ti, lo creas o no, no sé vivir sin ti.

Todos esos momentos que viví a tu lado no los cambiaré por nada, jamás. No los olvidaré, no te olvidaré. El tiempo pasa demasiado rápido y, a medida que transcurre, convierte todo en puros recuerdos. Esto es lo que hemos formado: recuerdos. Esto es lo que hemos acabado siendo: recuerdos. Son esos recuerdos los que tanto añoro, los que tanto ansío convertir de nuevo en presente y no en pasado.

Te mereces lo mejor, te lo he dicho varias veces. Me importas, me importas mucho. Y me duele no poder demostrártelo. Siento miedo, demasiado miedo de lo que pueda suceder. Me dan miedo los "tal vez", me da miedo la distancia, me da miedo imaginar que partirás. Eres grande, muy grande. No lo olvides. No te olvidaré. Gran amigo, gran persona, gran... Eres lo más grande.

Posdata: te quiero.


viernes, 18 de enero de 2013

K, a, r, i, n, a. Karina.

K ilómetros es aquello que recorro mientras vivo,
a  la hora de vivir, tropiezo por el camino,
realista siempre he sido, o al menos eso he creído,
improviso mi destino,
nunca me quedaré a mitad de este camino,
algo que tengo muy claro es que llegaré al final de este recorrido habiéndome caído, pero sin nunca haberme rendido.

jueves, 10 de enero de 2013

Puro añoro

Echo de menos aquellos momentos en los que no podía parar de reír a carcajadas, en los que sentaba a todas mis muñecas a mi lado y hablaba, reía y jugaba con ellas. Extraño aquellos tiempos en los que la solución para mis problemas eran mamá y papá. 

Ojalá pudiera retroceder el tiempo y quedarme para siempre en una etapa de la vida que he dejado atrás, la etapa en la que lo principal era jugar, en la que los únicos problemas eran los de matemáticas y mis únicas heridas eran las que me había hecho corriendo en el parque. Etapa en la que llorar servía de algo, servía para que todos vinieran hacia a mí a abrazarme, consolarme, y comerme a besos.

He dejado mucho atrás, mi pasado no ha sido del todo bueno. El destino me ha separado de amigos que jamás pensé perder. Mis amigos de la infancia, amigos que, pase el tiempo que pase, no consigo olvidar. Tal vez, ellos a mí ni siquiera me recuerden. Pero yo sigo recordando todo lo que viví junto a ellos, y a cada uno de ellos. Me siento como una extraña entre tanta gente. Les echo de menos, demasiado de menos.

El tiempo ya ha pasado, ya hace siete años desde que dejé toda una vida atrás para comenzar otra. He perdido demasiado, he ganado más de lo que esperaba; pero nada de lo que gane podrá sustituir todo lo que un día perdí. Es imposible reemplazar a los amigos que compartieron conmigo mi primer lápiz cuando estaba aprendiendo a escribir, mi primera sílaba cuando estaba aprendiendo a leer, mi primer juguete cuando estaba aprendiendo a jugar. Vivo de recuerdos, no logro olvidar el pasado y se me está olvidando vivir el presente.

Se me cae el mundo encima cada vez que me doy cuenta de que yo ya soy una extraña entre los amigos que un día fueron mitad de mi vida. Ya ni siquiera me dirigen la palabra, cambian de acera o agachan la cabeza cuando me encuentran por la calle.

¿Dónde quedaron guardados los recuerdos, los momentos, y todo lo que compartimos? ¿Será que ya lo habrán olvidado? ¿Será que ya me han olvidado a mí? ¿Será que ya no les importo, que sobro entre ellos? No fue mi culpa, fue culpa del destino. La distancia nunca ha sido frontera para mantener una amistad.

Creo que, si de verdad fui alguien importante para todos ellos, nada habría cambiado. ¿Dónde quedaron las promesas de "nada va a cambiar"? La vida me ha hecho ver que nada es para siempre, que las amistades de toda la vida desaparecen de un momento a otro, que el destino siempre va a estar pendiente de revolverlo todo en el peor momento.

Nada volverá a ser como antes y es eso lo que más me duele, lo que más añoro. Mis amigos, mis mejores amigos, mis amigos de la infancia, amigos que jamás podré reemplazar. Es cierto que, en la actualidad, cuento con muchísimas amistades, pero ninguna es como las que dejé atrás y al mismo tiempo siguen adelante conmigo. El tiempo las dejó atrás, pero en mi corazón siguen todas adelante, aquí, aquí conmigo, siempre. Son tantos los recuerdos... ♥

miércoles, 9 de enero de 2013

¿Nunca has sentido ganas de explorar dentro de ti, e intentar conocerte del todo bien?


Sé que mi nombre es Karina, pero saber mi nombre no implica conocerme. Siempre he sabido que la escritura me gusta, pero últimamente me gusta más que nunca. No me importa pasarme una tarde entera escribiendo historias, ya sean reales o inventadas. Me obsesiono demasiado con las tildes y no soporto ver una palabra mal acentuada. Comienzo a escribir sin rumbo y siempre acabo encontrando un destino. Cada vez que tengo tiempo libre me pongo a escribir como estoy haciendo ahora. No sé por qué, pero la escritura me hace viajar a un lugar en el que  no puedo pensar en nada malo, en el que puedo relajarme, aclarar mis ideas, olvidarme del mundo y pensar únicamente en construir una historia con sentido y sentimiento. Día a día intento mejorar mi expresión e intentar escribir de la manera más ordenada posible. Muchas personas me han dicho que sirvo para escribir, sin embargo yo no estoy tan convencida. Me gusta la idea de ser escritora y cada vez que leo un libro me pregunto: "¿Podré escribir yo uno de estos algún día?". Nunca he obtenido la respuesta exacta, ya que a veces pienso que sí podré y otras pienso que no. Ya conozco un poquito más de mí, ya sé que me encanta escribir. Ahora, intentaré conocer otra parte de mí...

Soy una adolescente, así que obviamente estoy en la etapa de la adolescencia. Sé que para muchas personas esta es la etapa de "la bobería", pero no, yo no soy de esas que, por ejemplo, dejan de estudiar para sentirse más importantes, o comienzan a fumar para sentirse más grandes, o también comienzan a emborracharse para luego sentir orgullo de ello. No, yo no soy así, yo tengo un poco más de conocimiento. Siempre me he considerado como una persona sencilla, con los pies en la tierra, amiga de mis amigos, cariñosa con las personas que merecen mi cariño y también con las que no. Pienso mucho en mi futuro y tal vez por ello me preocupo muchísimo por mis estudios. Me derrumbo cada vez que obtengo una mala calificación en algún examen, porque lo que más me fastidia es esforzarme y estar ahí, estudiando, estudiando y estudiando, para que luego llegue el examen y suspenda. Siempre he sabido que lo importante es intentarlo,  no rendirme y decir "yo puedo y podré"; pero a veces  cuesta convencerme de que podré y ni siquiera me molesto en intentarlo, aunque luego me arrepienta de no haberlo hecho. 

He oído que la vida son dos días, así que sonreiré hoy por si acaso mañana me toque llorar. Me encanta reír y no hay día en el que no sonría. La risa es mi mejor medicina, es la que me ayuda a mirarlo todo de una manera más positiva. Siempre busco cualquier excusa para reír. Adoro esa sensación en la que suelto todo el aire en una carcajada y después, respiro. Llorar, ¡claro que he llorado!, pero siempre me seco las lágrimas con un trapo de sonrisas, trapo que siempre me hace pensar: "No merece la pena llorar, sonríe y verás que todo cambiará a mejor", entonces es ahí cuando recupero de nuevo mi sonrisa. 

Soy pesimista y optimista a la vez, también soy realista y sé lo que va a salir mal y lo que va a salir o puede que salga bien. Siempre que digo "todo saldrá bien", no me suelo equivocar. Cada vez que digo "todo saldrá mal", me equivoco. Creo que soy más optimista, que pesimista. Me gusta mirar a la vida de una manera positiva, no me gusta lo negativo y siempre intento que las personas de mi alrededor piensen en positivo. No merece la pena comerte la cabeza pensando que todo va a salir mal y luego la vida te sorprenda con lo contrario. Aunque también  sé que se siente mucho dolor cada vez que parece que todo va a salir bien y todo se queda en eso, en una apariencia equivocada.

Puedo llegar a ser la persona más simpática del mundo y también la más antipática. Todo depende del momento y de la persona. Intento esquivar a los problemas y a las personas que pueden darme problemas. Me gusta llevarme bien con todo el mundo, aunque no todo el mundo me cae bien. Unas personas me caen mejores que otras, lógico, aunque a todas las intento respetar por igual. No me gusta tener enemigos, creo que de momento no tengo, ni he tenido y espero no tener ninguno.

Muchas veces creo conocer a una persona del todo bien, pero luego, zas, todo era un disfraz de carnaval. La vida me ha hecho ver que ningún amigo es para siempre, ni siquiera la vida es para siempre; nada es para siempre. Todo cambia y tarde o temprano me doy cuenta de las personas que son mis amigas de verdad y de las que me buscan únicamente cuando me necesitan. Odio la falsedad.

Es cierto que no me siento grande, pero tampoco pequeña. Intento ser lo más madura posible, aunque rara vez me comporte de una manera infantil. Mi objetivo es madurar cada día más y tener cada vez más claro todo lo que quiero que sea de mi vida. Yo no tiraré mi futuro por la borda. Yo quiero sentirme orgullosa de lo que he vivido, de lo que he conseguido gracias a una larga lucha. Nunca me quedaré sentada en el sofá, esperando a que el tiempo decida por mí. No dejaré que nada cambie mis planes para el futuro, ni siquiera Rajoy con sus asquerosos recortes, etc. Nada me detendrá, seguiré luchando para ser lo que yo quiera ser, no lo que los demás quieren que sea; saltaré las barreras que intenten frenarme, me levantaré cada vez que tropiece; no importa que mis pasos avancen por caminos pedregosos. Siempre que caiga, me levantaré. Siempre.

Nunca me he escondido de las tormentas. He aprendido a bailar bajo la lluvia y a dejar que cada gota de la misma se deslice sobre mí. No le temo a nada, excepto a la vida, porque sé que haga lo que haga no voy a salir viva de ella. Aunque sienta miedo siempre intento aplastar la cobardía que me invade por momentos. Pienso que el miedo sólo sirve para dejar escapar oportunidades. 

No creo en ese famoso tren que sólo se ve pasar una vez en la vida. Tampoco creo en ese Dios al que tanto se le habla, pero él nunca responde. Yo creo en lo que veo y si no lo veo, no lo creo. Eso sí, respeto totalmente a los creyentes. Cada persona tiene sus propias creencias, ¿no?. Nunca he leído la bibilia, la verdad es que tampoco me entusiasma mucho esa historia. Prefiero leer un diccionario, incluso lo he hecho. Sí, me he leído un diccionario y ha sido muy interesante; descrubrí palabras las cuales ni siquiera sabía de su existencia.

Nadie me conoce, ni siquiera la persona más cercana a mí. Nunca he sido capaz de actuar como realmente soy, tal vez por timidez. Y soy como he intentado explicar en todo esto... Soy alguien que si siente dolor se calla y sonríe. Me cuesta pedir ayuda. Intento resolver todo sola. He convertido varias veces la leche en mantequilla para poder salir de ese charco que intentaba hundirme y acabé deslizándome por él y saliendo por mi propio pie. Resolver todo sola me hace más fuerte. No dejarme llevar por nadie me hace más inteligente para ordenar mis propias ideas.

Me encanta la música, no puedo sobrevivir ni un día sin ella. Adoro el rock. También me gusta el pop. Odio el reggaeton. Detesto el merengue. Siempre escucho varias veces la misma canción, hasta que acabo cansándome de ella. Me gustan las canciones en las que me veo reflejada detrás de cada letra. Pienso que la música me hace ver la realidad, hace que me dé cuenta de muchas cosas, me inspira, me hace recordar, reír, llorar, reflexionar... ¡No puedo vivir sin música!

Respecto a la vida... ¿Qué puedo opinar sobre ella? En la vida se pasa por distintos momentos; unos mejores que otros, pero todos inolvidables. Vivo cada día ignorando lo que puedan pensar sobre mí. No le doy importacia al "qué dirán". Soy como quiero ser y quien me quiere querer, me acepta tal como soy. Nunca cambiaré por alguien y si cambio será a mejor. Tengo defectos y virtudes, no soy perfecta; nadie lo es. Siempre me he preguntado cómo habré llegado aquí y hacia dónde iré después de aquí. Nunca sabré lo que habrá después de la vida. Nunca sabré si voy al cielo, o simplemente me quedaré dormida en un profundo sueño eterno.

Detesto el tiempo y esas dos agujas que no paran de moverse produciendo un molestoso "tic-tac". Suelo llegar tarde a todos lados. Soy un poco desastre a la hora de organizarme. Me gusta hacer cosas sin sentido. Siempre lo dejo todo desordenado, porque cada vez que ordeno pierdo algo. No me importa el desorden, mientras sepa dónde lo tengo todo. 

Ha aprendido que el arriesga no pierde nada, y que perdiendo también se gana. Así que arriesgaré y no me importará perder. Cada derrota me hace más fuerte para levantarme y continuar hacia una nueva victoria. Nunca me he sentido derrotada, aunque he perdido en varias ocasiones. Pero a pesar de haber perdido, me he quedado con la cabeza bien alta, sonriendo y siguiendo siempre hacia delante. Camino sin espejos, para no mirar atrás. No vivo de recuerdos, pero recuerdo siempre lo que he vivido.

No quiero  ser una princesa, sé que las princesas sólo aparecen en los cuentos que leí en la infancia. Prefiero ser una simple persona. No busco la fama. Tampoco pretendo que todo el mundo me quiera. Intento ser buena persona y querer a los míos, a los que están siempre ahí. Adoro a cada persona que me ayuda sin esperar nada a cambio, a cada persona que me enseña, me hace sonreír en los buenos y malos momenotos y a la que está cuando la necesito y cuando no también.

No me puedo quejar de todo lo que tengo. Sé apreciar todo lo que me rodea y no deseo con exceso lo que no puedo tener a mi alcance. Es imposible tenerlo todo. No quiero pedir más, ¿por qué? Pues simple y llanamente porque me conformo con mi familia y mis amigos, ya que son estas personas las que día a día me hacen feliz; son las que están siempre aquí, aquí conmigo.

El único amor eterno en el que creo es en el de mi familia, dado que me he dado cuenta de que nunca existirán personas que me quieran tanto; nunca encontraré a mejores personas que ellas; siempre estarán a mi lado, nunca me fallarán.

He tenido varias amistades que me han prometido un "para siempre". Solamente me lo prometieron, pero nunca lo cumplieron. La vida me ha quitado amigos, aunque también me ha regalado muchos otros. La distancia suele llevarse entre sus brazos cualquier cosa, hasta las amistades más fuertes.

He perdido, he ganado, he luchado, he reído, he llorado, he corrido, he bailado, he querido, he odiado, me he equivocado... He vivido. Soy yo, simplemente yo. Acepto mis críticas, tanto las malas como las buenas. Las críticas me hacen más fuerte. No me importa lo que quieran pensar de mí. Siempre oiré distintas opiniones acerca de mi persona y la mayoría de ellas no serán verdad. El mundo suele inventarse muchas cosas que nunca fueron verdad; el mundo inventa sus propias mentiras y lo peor es que se las cree. Yo no lloro por aquellos que intentan hacerme daño; yo sonrío y demuestro que sólo lo intenta, pero no lo consigue. Mi fuerza nace de de mis caídas. Mis victorias son fruto de mis derrotas. No sé quién estuvo antes de mí, ni sé quién estará después de mí; sólo sé que yo estoy aquí y soy feliz con lo que tengo. La vida es un instante, lo aprovecharé para sonreír.